La Coctelera

"De corazón a corazón"
Tarecus

Querido Jesús... te hemos seguido hasta aquí... Bajo la cruz está tu madre rota, también estaban tus amigos, Juan y María Magdalena... Algunos de los nuestros no sabemos dónde están... quizá les haya podido aún más el miedo. Nosotros también tenemos miedo... tenemos mucho miedo y estamos escondidos entre la gente.

Viéndote clavado y colgado del madero, pasa por nuestras mentes recuerdos de amistad que han ido marcando todo el tiempo que hemos estado juntos. Desde aquella mañana que pronunciaste por primera vez nuestros nombres. Desde aquel primer día que seguimos tus pasos dejando todo y comenzábamos a tener las primeras ilusiones y esperanzas por conseguir la libertad tan deseada y ser un poco más felices.

Cuando escuchábamos tus palabras que nos hablaban de amor y de perdón, nuestro corazón daba un vuelco. Nos hablabas de un Dios más cercano que el Dios que nos habían enseñado desde pequeños... Escuchamos tus parábolas con mensaje que a veces no comprendíamos del todo: la oveja perdida, el hijo pródigo, el buen samaritano, el sembrador... Y también fuimos testigos de tus signos milagrosos: las gran pesca, las curaciones, la resurrección de Lázaro....

Y sin embargo hoy, no sabemos qué ha pasado. Quizá nuestros ojos están cegados por tantas cosas que últimamente hemos tenido que vivir con más rapidez y no hemos sido capaces de asimilar, y nuestros corazones se encuentran confundidos. Queremos amar, pero nos da miedo el amor que nos has enseñado.

Si hace cinco días preparábamos, como tantos años, la cena de Pascua y todos nos sentíamos felices viéndote subido a lomos de un burrito cruzando la gran puerta de Jerusalén y oíamos a la gente, hombres y mujeres que te cantaban y te decían “Bendito el que viene en nombre del Señor, hosanna en el cielo”... mientras te alfombraban el camino con mantos y ramos cortados en el campo.

¿Qué ha pasado, Señor?... recostados en la cena, comiendo el cordero de pascua, tú, -como tantas veces-, tomaste el pan, diste gracias al Dios Padre y lo partiste, aún con más ternura y cariño, y nos lo entregaste llamándolo cuerpo, y más tarde entre tus manos un poco temblorosas, tomaste la copa llena de vino y sin olvidar de dar gracias de nuevo a Dios, nos diste a probar lo que tú decías ser tu sangre.

Es cierto que entonces, cuando rompiste el pan con tus manos y nos entregaste la copa de la que bebiste primero tú, nos pareció ver brillar unas lágrimas en tus ojos. No entendimos muy bien lo que nos querías decir... no entendimos muy bien lo que hiciste. Es verdad que nos hablaste del amor con más fuerza y más viveza y que nos teníamos que amar unos a otros. Nos recordaste, con el gesto de lavarnos los pies, que teníamos que servir... pero... siempre nos lo habías dicho.

Y la noche de ayer se nos hizo larga, muy larga. La mesa de la cena no la recogimos, creíamos que íbamos a volver después de la oración para ayudar a tu madre y a María y dejar la sala limpia y ordenada... pero todo fue tan distinto a otras noches y todo fue tan deprisa...

Creo que la mesa se quedó sin recoger. No dio tiempo a las mujeres a terminar todo. Enseguida les llegó la noticia.

En el Huerto, ese huerto al que tantas veces habíamos ido contigo y nos habías enseñado a llamar a Dios Padre, te alejaste a unos metros de nosotros... decías que querías estar en ese momento solo... te dejamos y nuestros ojos no soportaron el peso del sueño y nos quedamos dormimos. No pudimos con nuestro cansancio. Perdónanos Jesús... Tus amigos, tus mejores amigos, no supimos velar contigo.

Y el ruido metálico de espadas y escudos; los gritos y las llamas de las antorchas nos despertaron y allí estaba de nuevo nuestro amigo Judas con una bolsa en su mano, que se acercó con miedo y te besó en la mejilla. Los demás no sabíamos muy bien lo que estaba ocurriendo.

Fue entonces cuando todo comenzó a írsenos de las manos... Pedro sacó una espada, un soldado gritó, todos huimos. A mi casi me detienen... me quitaron el manto y pude escapar dejándote solo y me escondí en medio de la oscuridad de la noche entre los olivos.

Y tras una noche larga y sin dormir -y nos imaginamos cómo-, te vemos aquí colgado y tú también nos miras...

Y sólo nos dices... “tengo sed”... ¡Tú tienes sed¡. ¿De qué tienes sed, Jesús? ¿Cómo calmar hoy tu sed., Señor?...

Y entonces con miedo vislumbramos algunas cosas y descubrimos que tienes sed de cada uno de nosotros. Sí, tienes sed de mí y de cada uno de los que estamos aquí. Y nos dices con tu mirada de cariño y nos hablas al corazón y nos susurras que hoy sigues muriendo dolorosamente y sigues gritando tu sed de justicia; tu sed de fraternidad; sed de ser hermanos; sed de amor en este mundo injusto que quisiste locamente cambiar con el amor.

Y sigues, Jesús, muriendo en los que mueren en medio de la guerra, de toda guerra, mueres en la injusticia con el pobre que lucha por salir de su bajeza; mueres en la mujer y el hombre maltratado en su propia casa; mueres en la soledad de los ancianos abandonados y solos; mueres en los jóvenes que no encuentran esperanzas y se lanzan a falsos futuros; mueres y sufres en los que buscan una vida más digna lejos de su tierra. Y sigues gritando tu sed de fraternidad en medio de una sociedad dividida que separa a los del norte de los del sur, a los blancos de los negros, de los que dicen creer en un dios o en otro, de los que piensan de un modo distinto.

Gritas Jesús,... sigues gritando silenciosamente en quien quiere ser feliz de verdad y no le ayudan a ser feliz o no le dejan serlo. Sigues teniendo sed, Señor.

La muerte en cruz como te contemplamos ahora es una muerte dura,... durísima... y sin embargo ahí sigues colgado porque quieres ser fiel a tus palabras, hasta el último hálito de tu vida. ¡Eres un hombre fiel a tu palabra¡ ¡Eres un hombre de palabra!

Nos viene ahora a la mente esa frase que tú mismo nos enseñaste y que ahora cumples: “no hay mayor amigo que aquel que da la vida por el amigo”... Y Jesús, tú has dado tu vida y la sigues dando por todos, por cada uno de nosotros.

Enséñanos y ayúdanos a dar la vida también nosotros por los amigos y por todos. Ayúdanos a entender el lenguaje del amor pleno y definitivo hasta dar la vida.

Desde ahí arriba, desde la cruz, nos das tu perdón por no saber lo que hacemos, por no comprender, por haberte abandonado anoche, por haberte abandonado muchas veces, por habernos escondido y por seguir escondidos.

Tu vida, tu enseñanza, tu lenguaje es el lenguaje de la entrega y del amor. Y ese tipo de lenguaje, -si nos hace llegar hasta el extremo de la cruz-, sinceramente, nos da mucho miedo.

Jesús...te oímos gritar, y clamas la presencia del Padre, de tu Padre. Y agotado, cierras los ojos y dejas caer lentamente la cabeza sobre tu hombro mientras escuchamos un último suspiro: y es que, Jesús... ¡Ya has muerto!

Hermanos, amigos: ¡Jesús ha muerto! Y Jesús sigue muriendo.

Ante el cuerpo ya sin vida, contemplemos sus manos y sus pies traspasados y amarrados al madero... contemplemos su costado abierto y su rostro punzado y mal herido y desde el silencio dirijamos hoy nuestra oración por los crucificados...

¡¡¡Jesús, gracias por esta lección de fidelidad y de amor!!!

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Sobre "De corazón a corazón"

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Hola, me presento; trabajo en una Comunidad Cristiana a la que aprecio y en un Centro Educativo con el que me identifico y al que quiero; soy sacerdote y lo llevo con mucha honra... Desde este Blog quiero compartir contigo las inquietudes personales y sobre todo las ilusiones que dan sentido en esta vida CONTADOR
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